Eran exactamente las 3:14 de la madrugada de un martes, yo llevaba una camiseta vieja de la universidad con una mancha no identificada de la papilla de avena que Maya se comió ayer, y Leo lloraba a gritos como si le acabara de decir que se había acabado la leche para siempre. Tenía seis meses. Su cabecita ardía. Mi marido entró arrastrando los pies en calzoncillos a la habitación, parpadeando por la luz nocturna, y murmuró con total convicción: "Están saliéndole los dientes. Eso es lo que le da esta fiebre tan alta".
Falso. Tan sumamente falso.
Y es que ese es el mayor mito que nos han colado a los padres durante generaciones. A la mañana siguiente, agotada y con un café frío en la mano, me senté frente a nuestra pediatra, la Dra. Weber, quien me miró con esa mirada compasiva de médico y destruyó mis ilusiones. Me explicó que toda esa falsa creencia —que la simple salida de un dientecito provoque 39 grados de fiebre o una diarrea brutal— es una auténtica tontería. A ver, no soy científica, pero por lo que entendí, en esta etapa los pequeños monstruos lo tocan absolutamente todo. De verdad, todo. El pasatiempo favorito de Leo era chupar las suelas de los zapatos de mi marido si yo apartaba la vista tres segundos. Así que no es de extrañar que los bebés cojan pequeños virus constantemente, ya que su sistema inmunológico está demasiado ocupado con toda esa remodelación de las encías. La fiebre viene de la infección. No del diente.
Pero, ¿sabéis qué me saca aún más de quicio que el mito de la fiebre? Los collares de ámbar.
Ay, Dios mío, ni me tiréis de la lengua. Me sube la tensión solo de verlos. De verdad que hay padres —gente inteligente y con estudios— que les ponen a sus bebés frágiles e inquietos un collar de piedrecitas duras alrededor del cuello. Que si por la "energía" o por los aceites esenciales o por vete a saber qué se supone que segrega el ámbar al calentarse. Chicos. Es un riesgo de estrangulamiento que le estáis atando directamente al cuello a vuestro hijo. La seguridad social y prácticamente cualquier pediatra de este planeta advierten de que estos cordones pueden enredarse o romperse, y que el bebé podría tragarse las piedras o, en el peor de los casos, inhalarlas.
Ya ni siquiera discuto este tema. Tengo una amiga que jura y perjura que el rollo este del ámbar funciona, y yo solo asentí y le di un buen trago a mi copa de vino mientras gritaba por dentro. Me da exactamente igual que la tía Paqui diga que a sus cinco hijos les funcionó estupendamente: no le pongáis una cuerda alrededor del cuello a vuestro hijo mientras duerme sin supervisión en su cuna. Punto. Fin de la historia.
Ah, ¿y darles zanahorias crudas de la nevera para que las muerdan? Por favor, tampoco hagáis eso. Si se rompe un trozo, podrían atragantarse; mejor usad algo seguro.
Ese maldito ritmo: ¿cuándo empieza realmente la diversión?
Cuando Maya llegó a sus primeros seis meses de vida, yo estaba paranoica. Por las noches, me tiraba en el sofá, mi marido se ponía a mirar Reddit y yo tecleaba en pánico en el móvil: a qué edad empiezan los bebés con los dientes. Porque se pasaba el día quejándose. Pero de eso nada. A Maya le salió su primer diente a los ocho meses. ¿Y a Leo? Ese pequeño empollón ya tenía dos puntitas blancas en la mandíbula inferior a los cinco meses.
Mi pediatra me dijo que esto viene preprogramado genéticamente y que es tan personal como una huella dactilar. Algunos bebés empiezan a babear como una lavadora estropeada a los tres meses, y aun así el primer diente se hace de rogar hasta el primer cumpleaños. Así que la respuesta corta es: no hay reglas. Pasará cuando tenga que pasar, y lo odiaréis.
CSI Habitación Infantil: La inspección bucal
No os puedo explicar cuántas veces he intentado mirar dentro de la boca de mis hijos mientras lloraban. Lo cual es una absoluta pesadilla porque los bebés odian que les andes hurgando en la boca. Y ahí estás tú, preguntándote: ¿cómo son las encías cuando a los bebés les salen los dientes? Porque eso no viene con dibujitos en el manual (que por cierto, nunca nos dieron).

Una vez lo inspeccioné en la boca de Leo con la linterna del móvil (sí, me mordió). En realidad parece una pequeña zona en obras. Allí por donde quiere asomar el diente está todo rojo e hinchado, y a veces tiene un aspecto muy cristalino. A veces también asoma ya algo blanco, pero creedme, desde ese primer destello blanco hasta el momento en que el maldito diente choca de verdad con la cuchara haciendo "clic", pueden pasar siglos.
Las señales definitivas de que el diente está en camino (según el suelo de mi salón):
- Ganas locas de morder: Maya lo mordía todo. Sus puños, mis llaves, el borde de la mesa del salón, la nariz de nuestro Golden Retriever. Parece que hacer contrapresión es lo único que alivia de alguna manera ese dolor punzante.
- El tsunami de babas: Os juro que Leo perdía dos litros de agua al día solo en babas. Por eso tenía la barbilla siempre roja e irritada.
- La fase velcro: Ambos niños solo querían vivir pegados a mí. Dejarlos en la cuna o el parquecito era misión imposible. Ducharse era un lujo.
- Mejillas ardiendo: No hablamos de 40 grados, sino de una temperatura ligeramente alta y unos mofletes rojos, como si acabaran de salir de la sauna.
El famoso orden de salida (y por qué los colmillos son el mal puro)
Una se aferra a cualquier tipo de orden o estructura cuando está agotada. Así que me aprendí de memoria este orden de salida de los dientes del bebé, con la esperanza de saber cuándo habríamos pasado lo peor.
Normalmente la cosa va así: primero los dos incisivos inferiores. Eso hasta da ternura. Luego, los dos incisivos superiores. Ahí el niño se tira meses pareciendo un conejito vampiro. Después vienen los incisivos laterales de arriba y abajo. Y a continuación, las primeras muelitas.
Y entonces. Entonces llegan los colmillos.
Me gustaría pedir un minuto de silencio por todos los padres cuyos hijos están sacando ahora mismo los colmillos. Con Maya, ese fue el punto más bajo de mi maternidad. Creo que estos dientes son tan afilados y tienen que abrirse paso a través de tanta encía gruesa, que es simplemente un infierno. Pasamos noches enteras botando en la pelota de pilates, saltando y llorando (las dos). Después de los colmillos, en algún momento salen las muelas grandes, pero para entonces los niños suelen tener ya más de dos años y al menos pueden comunicarse o dejarse sobornar con Peppa Pig.
¿Necesitas un descansito de esta película de terror? Echa un vistazo a nuestros mordedores y accesorios de dentición sostenibles antes de pasar a ver qué es lo que de verdad funciona.
Lo que funciona de verdad (y lo que casi me hace perder la cabeza)
¿Queréis la verdad? No se puede hacer desaparecer el dolor por arte de magia. Solo se puede hacer que sea más soportable. Y creedme, yo compré todas y cada una de las tonterías que me aparecieron en el feed de Instagram.

El temita del mordedor de madera
Compré ese aparatito de madera minimalista y carísimo. De madera de arce. Estéticamente era precioso y pegaba a la perfección con mi ropa de cama de lino beige, lo cual es una absoluta estupidez porque mi casa parece siempre un vertedero. El caso es que la madera era demasiado dura. Leo lo mordió dos veces, me miró con furia y me tiró el aro de madera directamente a la frente. Estuvo bien para más adelante, cuando los dientes ya habían salido un poco, pero ¿para esas primeras encías tan hinchadas? Ni de broma.
El gran salvavidas: silicona y frío
Lo que de verdad nos salvó fueron las cosas blanditas. Teníamos esos mordedores de silicona que se pueden meter en la nevera. IMPORTANTE: ¡Por favor, nunca al congelador! Con Maya lo hice una vez porque pensé que cuanto más frío, mejor. Mi marido (que por una vez fue la voz de la razón) me pilló y me dijo que eso podía causarles quemaduras por congelación en las encías. Tenía toda la razón. Con la nevera es suficiente.
Pero aún mejor que los mordedores normales, a nosotros nos funcionaron los chupetes para fruta o alimentadores de silicona. ¿Los conocéis? Son unos chupetes de silicona pequeñitos con agujeros. En Kianao tienen unos alimentadores antiahogo (Fruit Feeders) fantásticos que van de maravilla para esto. Yo simplemente les metía yogur natural frío o un trocito de melón fresquito. Leo podía pasarse horas mordisqueándolo. Le enfriaba un montón las encías, le daba un poco de saborcito y —lo más importante de todo— el riesgo de asfixia es cero porque no se puede romper ningún trozo.
Cómo controlar el tsunami de babas
Como los bebés babean como locos, siempre llevan la camiseta empapada. Camiseta mojada en el cuello = bebé destemplado = todavía más mal humor. Creo que gastaba unas 400 muselinas al día solo para secarle la barbilla a Leo. Mi consejo: haceos con una buena montaña de baberos tipo bandana decentes. Absorben las babas, quedan monísimos y no tienes que cambiarle de ropa al niño por completo cinco veces al día. Si tiene la barbilla y los mofletes ya súper rojos e irritados, coged un poco de lanolina (esa crema para los pezones que igual os sobró de la lactancia) y untádsela por ahí. Crea una película resistente al agua, cura súper bien y, además, no pasa nada si la chupan.
Ya asoma el primer diente. ¿Y ahora qué?
En cuanto aparezca esa primera puntita blanca, toca cepillar. Sí, lo sé. Vuestro bebé lo odiará. Igual grita, cierra la boca hasta dejar una línea diminuta y aprieta los labios con fuerza. Da igual. De alguna manera tenéis que apañároslas para meterle una cantidad minúscula (como un granito de arroz) de pasta de dientes con flúor (a menos que ya le deis pastillas de flúor; en ese caso consultadlo con el pediatra, nosotros usábamos la pasta).
Al principio ni siquiera usaba un cepillo de verdad, sino un dedal de silicona. Es blandito, tienes mucho más control que con un palo de plástico largo y, de paso, puedes dar un pequeño masaje en la encía hinchada de alrededor.
La dentición es una maratón, no un sprint. Y os juro que algún día tendrán todos sus 20 dientes de leche y se comerán ellos solitos los bordes de la pizza sin llorar de por medio. Hasta entonces: bebed café, comprad alimentadores de silicona y dejad los estúpidos collares de ámbar en la tienda.
Si necesitáis completar vuestro kit de supervivencia, no dejéis de mirar todo lo que ofrece Kianao para la dentición del bebé: desde suaves paños de muselina hasta mordedores súper seguros que ayudan de verdad.
FAQs: Porque a las 3 de la madrugada se necesitan respuestas
¿Cuánto tarda en salir el diente por completo?
Madre mía, puede tardar una eternidad. A veces ves la encía súper hinchada, piensas que va a salir mañana, y luego resulta que tarda tres semanas. Una vez que asoma la primera puntita blanca rompiendo la encía, suele tardar de unos días a una semana en salir el diente en todo su esplendor. Pero al menos lo peor (el momento de romper la piel) ya suele haber pasado.
Mi bebé tiene 39,5 de fiebre, ¿seguro que no es por los dientes?
¡No! Mi pediatra fue muy clara con este tema. Cualquier temperatura por encima de 38,5 no tiene nada que ver con la simple dentición. Seguramente tu peque haya pillado algún virus, porque ahora mismo está explorando medio mundo a través de la boca. Si tiene una fiebre tan alta, id al médico a que lo revise. No le eches la culpa a los dientes.
¿Le puedo dar algún analgésico (supositorio) si ya no podemos más?
¿Sinceramente? Hemos tenido noches en las que Maya se tiraba cuatro horas seguidas gritando y retorciéndose de dolor. En esas ocasiones, y tras consultarlo con nuestro pediatra, le ponía un supositorio analgésico (paracetamol/ibuprofeno infantil). Cuando a uno le duele muchísimo una muela, también se toma algo, ¿no? Pero, por favor, no le des medicamentos por si acaso durante semanas; hazlo solo si ves que el niño tiene un dolor agudo y lo está pasando realmente mal.
¿Los geles para encías de la farmacia funcionan bien?
Aquí hay muchísima diversidad de opiniones. Hay quien jura que los geles naturales con camomila son la salvación (a nosotros no nos sirvieron absolutamente de nada, aunque a Maya parecía gustarle el sabor). Según los expertos, hay que tener mucho cuidado con los geles que llevan anestesia local (como la lidocaína). Duermen media boca, el efecto suele durar poco y, además, los bebés podrían atragantarse con su propia lengua o tener problemas al tomar el pecho. Nosotros lo probamos una vez y los descartamos para siempre. Hacer contrapresión con frío (mordedores de silicona) funcionó muchísimo mejor.
¿Por qué la caca de repente es tan líquida y el culete se le pone tan rojo?
¡Porque tu bebé se está tragando litros y litros de sus propias babas! Al parecer, toda esa cantidad de saliva altera un poco la digestión, haciendo que las cacas sean a menudo más blandas y ácidas. Y eso es lo que hace que enseguida se le ponga el culito rojo como el de un babuino. La solución: cambiarle el pañal muy a menudo, ponerle crema de caléndula y dejarle el culete al aire todo lo que podáis, aunque haga fresco en la habitación.





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