Mi suegra me arrinconó en la cocina el martes por la mañana (llevaba puesto ese delantal terrorífico de girasoles gigantes, todavía con algo de harina pegada), agitaba una espátula y me soltó: "Tú solo frótale las encías con una toallita húmeda hasta que cumpla los dos. Así lo hicimos con Tom y tiene los dientes perfectos". Tres horas más tarde, estaba con mi amiga Amber en la clase de estimulación temprana. Sostenía en la mano su matcha con leche de avena perfectamente espumado, me miró con sus ojos perfectamente maquillados y me soltó con toda seriedad que prácticamente estaba cometiendo negligencia infantil si no compraba de inmediato un cepillo sónico de 150 euros con una maldita aplicación Bluetooth y escáner de placa.
Y por si fuera poco, esa misma noche me apareció en el feed un dentista de Instagram gritándome desde su inmaculada clínica blanca, asegurando que cualquier cosa que no fuera una raíz natural tallada a mano destruiría el esmalte para siempre. Madre mía.
Yo solo quería terminarme mi café frío en paz y averiguar qué maldito cepillo de dientes para niños pequeños necesitaba para el primer minúsculo pero afiladísimo diente de Leo. Me estallaba la cabeza. Cada vez que se trata de la salud del bebé, siento que, haga lo que haga, voy a arruinarles la vida de forma irreparable. Spoiler: No lo hago. Y vosotras tampoco.
En fin, el caso es que estábamos frente a un estante gigantesco en el supermercado y yo estaba a punto de sentarme en el suelo a llorar porque había como cuarenta modelos diferentes que parecían diminutos instrumentos de tortura en colores flúor. Tom estaba a mi lado, sin apartar la vista del móvil, murmurando algo de que deberíamos pillar el de Spiderman y listo. Hombres.
El primer diente y el desastre de las cerdas
Cuando a Maya le salió su primer diente (tenía unos seis meses y babeaba tanto que prácticamente teníamos que cambiarle de ropa cuatro veces al día), pensé que tenía que ser súper ecológica. Compré un cepillo de madera carísimo con cerdas de jabalí auténticas. ¡Jabalí! No me preguntéis en qué estaba pensando.
Mi pediatra, el Dr. Weber (un señor mayor que siempre lleva unas corbatas súper coloridas y de dudoso gusto), casi me echa de la consulta en la siguiente revisión. Me dijo que era lo más asqueroso que había visto en su vida. Me explicó (mientras le colaba a Maya un cochecito de madera) que esas cerdas naturales son huecas por dentro. ¡Yo no lo sabía! Pensaba que lo natural siempre era mejor. Pero no, me dijo que aquello era como un hotel de cinco estrellas para las bacterias. Te cepillas una vez y el trasto se convierte en un ecosistema.
El Dr. Weber me soltó entonces un sermón con sus tres reglas de oro para el primer cepillo. Me las apunté en el reverso de un ticket de compra que llevé en el bolso del carro durante mil años, hasta que un puré de frutas mal cerrado lo destruyó para siempre. Pero todavía recuerdo lo más importante:
- Un mango absurdamente grueso: El cepillo tiene que ser tan rechoncho que los bebés y niños pequeños puedan agarrarlo con el puño entero. Si el mango es tan fino como el de los adultos, se les escurre y se lo acaban clavando en la garganta.
- Cabezal en miniatura: El cabezal tiene que ser realmente enano. El Dr. Weber me dijo que máximo 18 milímetros. Cualquier cosa más grande hará que el bebé sienta que le estás intentando meter una escobilla de baño en la boca.
- Cerdas de plástico suaves: Nada de cerdas naturales. Nunca. Solo nailon redondeado que ceda cuando el niño (porque lo hará) muerda el plástico sin piedad.
Después de eso, me volví tan paranoica con el tema de las bacterias que estuve a punto de volver al método de la toallita de mi suegra. Al final, en un ataque de histeria, compré este cepillo de dientes manual suave de Kianao. El mango es de bambú y súper gordito, algo que a Maya le encantó. Al principio lo usaba casi exclusivamente como baqueta para aporrearme la rodilla o los azulejos del baño. Pero el nailon es extremadamente suave y el cabezal es tan pequeño que me las apañaba para colárselo entre los labios cuando se reía.
Aún así, lo mordió. Madre mía si lo mordió. Al cabo de tres días, las cerdas parecían un cojín que acabara de explotar.
El momento en que nos pasamos al eléctrico
En algún momento, cuando Leo cumplió los tres, empezó el verdadero drama. Quería hacerlo todo él solito. ¿Lavarse los dientes? "¡NO, MAMÁ, LEO LO HACE!". Lo que en la práctica significaba que cogía el cepillo, chupaba toda la pasta de dientes con sabor a sandía artificial y luego tiraba el cepillo al lavabo. Fin.

Tom y yo estábamos desesperados. Mi marido lo intentó con marionetas. Intentó sobornarlo. Incluso probó a ponerle un vídeo de YouTube de un diente animado que lloraba porque no lo cepillaban. Leo se rió del pobre diente. A sangre fría.
Entonces me acordé de la charla de Amber sobre el Bluetooth. ¿Y si un cepillo de dientes eléctrico para niños era la solución? Mi pediatra me había comentado de pasada que antes de los tres años es mejor ni acercarse a ellos. Son muy pesados, la vibración estresa muchísimo a los peques y se acaban haciendo daño en las encías porque aún no tienen la motricidad necesaria. ¿Pero a los tres? Podría funcionar.
Así que probamos este cepillo de dientes eléctrico para niños pequeños porque Amber hablaba maravillas de él. Supongo que está bien. Está hecho de materiales reciclados, lo cual alivia muchísimo mi conciencia ecológica, pero, ¿sinceramente? El botón de encendido está tan duro que Leo es incapaz de pulsarlo con sus deditos regordetes. Siempre acaba gritando "¡MAMÁ, AYUDA!", lo cual arruina por completo todo el sentido de esta fase de "lo hago yo solito". Y siento que tengo que cargarlo constantemente. Pero bueno, tiene lucecitas y vibra.
La interminable tortura del temporizador de dos minutos
Pero si hay algo que odio con toda mi alma de estos aparatos eléctricos es el temporizador. Es un infierno.
Seguro que os suena: pulsas el botón y el cepillo empieza a vibrar. Pasados 30 segundos, hace una vibración distinta para avisarte de que cambies de lado. El problema es que 30 segundos, en "tiempo de niño pequeño", equivalen a unos siete años. Le acerco el cepillo, Leo se retuerce como una anguila, el cabezal le golpea los labios, la pasta de dientes me salpica el jersey negro y yo pienso: "Vale, seguro que ya han pasado por lo menos veinte segundos". Pero no. El trasto sigue zumbando. Y sigue. Y sigue.
Además, cada vez que hace esa vibración intermedia, Leo se piensa que es un juego o que el cepillo se ha roto. Se lo arranca de la boca, se le queda mirando y empieza a toquetear los botones mientras, por supuesto, el temporizador sigue avanzando sin piedad. Para cuando conseguimos volver a metérselo en la boca, ya han pasado los siguientes 30 segundos y solo hemos conseguido limpiarle la mitad de un colmillo. La semana pasada, Tom, ya desesperado, intentó desenroscarle la pila porque no aguantaba más el ruido. Sonaba como un cortacésped en miniatura haciendo eco por todo el baño.
Se supone que el método de cepillado infantil dicta que primero hay que lavar las superficies de masticación, luego las caras externas y, por último, las caras internas, cepillando desde la encía hacia el diente. Pero sinceramente, yo me doy con un canto en los dientes (y nunca mejor dicho) si consigo acertar en uno solo antes de que Leo pegue el bocado y use el cabezal como si fuera chicle.
Letra ligada y por qué siento que tendré que cepillarles eternamente
Por cierto, si os preguntáis cuándo se acaba toda esta pesadilla y cuándo pueden hacerlo ellos solos: mejor sentaos. O servíos un café. O una copa de vino.

De verdad pensaba que, en cuanto empezaran el colegio, yo ya me libraría del tema. Maya tiene siete años. Sabe leer, sabe montar en bici sin ruedines, sabe desbloquear su iPad sin mirar. Pero el otro día mi pediatra me dijo, con toda la tranquilidad del mundo, que tengo que seguir repasándole los dientes todas las noches. Todas las santas noches.
Le pregunté que hasta cuándo. ¿Su respuesta? "Hasta que dominen la escritura en letra ligada con soltura y buena letra".
¿¡Letra ligada!? ¿Habéis visto la caligrafía de Maya? Su "G" parece una araña borracha. Cuando le toca escribir una "S", a veces se echa a llorar. La letra de Tom parece la de un médico medieval con síndrome de abstinencia, ¿tengo que repasarle los dientes a él también? Me veo con 80 años de pie junto a la cama de Maya intentando alcanzarle las muelas. Simplemente, antes de esa edad, los niños no tienen la motricidad fina suficiente para llegar a todos los rincones. Supongo que las ondas sónicas le hacen algo a la placa, yo qué sé, y al menos la eliminan mejor que si Maya se limita a frotar a lo loco, pero el repaso final me sigue tocando a mí.
Así que, en lugar de buscar en Google doscientas técnicas diferentes, echad un vistazo a nuestra colección de cuidado Kianao, respirad hondo y aceptad que os quedan muchos años por delante haciendo guardia en el baño cada noche.
El infierno gastrointestinal de 2022
Hay otra cosa que nadie te cuenta antes de tener hijos: vas a tirar a la basura muchísimos cepillos de dientes. De verdad.
En teoría, hay que cambiar los cepillos cada seis u ocho semanas. O antes si las cerdas se abren. En el caso de Leo, las cerdas suelen apuntar en todas direcciones a las dos semanas, porque lo muerde como si fuera un Golden Retriever con un hueso. Pero el verdadero reto son las enfermedades.
¿Os acordáis de noviembre de 2022? Me dio la sensación de que todo el país pilló aquel virus estomacal horrible. Fue espantoso. Leo vomitó en la alfombra beige del pasillo. Maya destrozó el cuarto de baño. Me pasé días en los que solo cocinaba, limpiaba y desinfectaba. Y entonces, la madre de Tom (sí, la del delantal) me preguntó como quien no quiere la cosa por teléfono: "Has tirado los cepillos de dientes, ¿verdad?".
Pues no. Me quedé parada en el baño, mirando fijamente esos pequeños cacharros de plástico de colores en el vaso, y de repente me di cuenta de que estaban plagados de virus. La enfermera me confirmó al día siguiente que, después de cualquier infección gastrointestinal o respiratoria, es obligatorio cambiar inmediatamente el cepillo o el cabezal. Si no, los niños se vuelven a contagiar al lavarse los dientes. Desde entonces, siempre tengo un arsenal guardado en el armario. En serio, compradlos de tres en tres.
Si usáis el cepillo manual, igual os viene bien coger este pequeño reloj de arena de madera para los peques. A Maya le encanta darle la vuelta y al menos no me vibra nada en la mano mientras intento pescarle la última miguita de la cena de entre los dientes.
En resumen: no os volváis locas. Encontrad un cepillo que se ajuste a vuestro presupuesto, que no tenga esas asquerosas cerdas naturales, e intentad que los dientes queden limpios de alguna manera. Todo lo demás es un extra.
Si queréis profundizar aún más en el tema (aunque no sé por qué alguien querría hacerlo por voluntad propia), lo mejor es que leáis nuestra guía Kianao sobre los dientes de los niños pequeños.
Preguntas frecuentes que me han quitado el sueño
¿Cuándo empezasteis a cepillarles los dientes exactamente?
En cuanto asomó esa puntita blanca por la encía. En el caso de Maya fue a los seis meses; con Leo, a los ocho. Mi médico me dijo que, en el momento en que despunta el diente, hay que empezar a lavarlo. Al principio era más bien pasarle suavemente el cepillo de bambú por encima, pero sí, desde el primer día que hay diente.
¿Qué pasta de dientes usáis?
¿Sinceramente? La que estén dispuestos a aceptar ese día. Tenemos una con un ligero sabor a fresa que más o menos toleran. Una vez compré una súper mentolada porque estaba de oferta. Leo gritó como si le hubiera metido un chile en la boca. Solo nos aseguramos de que la cantidad de flúor sea la adecuada para su edad. El resto es pura negociación.
Cepillo eléctrico para niños pequeños: ¿Rotatorio o sónico?
Prefiero los cepillos sónicos porque no rotan de forma tan agresiva. Esos cabezales redondos que giran como un minitornado siempre me han parecido demasiado bruscos para la boquita de Leo. Con el sónico todavía tienes que hacer un poco del movimiento tú misma, pero da la sensación de ser más suave. O al menos eso quiero creer.
¿Qué hacéis cuando el niño se niega en rotundo a abrir la boca?
Madre mía, eso nos pasa todas las semanas. A veces dejo que Leo me cepille a mí (lo cual es un peligro, ya me ha clavado el cepillo en el ojo un par de veces), y mientras está distraído, yo le froto a él. A veces le hago cosquillas. ¿Y en los días realmente malos? Pues llora un poco, yo le sujeto y se los limpio a la velocidad del rayo en diez segundos. Lo odio, pero odio más las caries.
¿Cada cuánto cambiáis los cepillos de verdad?
Cada pocas semanas. Como muy tarde, cuando el trasto parece una escoba que ha explotado. Por supuesto, a Tom siempre se le olvida, así que ya me pongo un recordatorio en el móvil. Y lo dicho: después de cualquier resfriado, el cepillo va de cabeza a la basura sin contemplaciones. Con eso no tengo piedad.





Compartir:
Sudores nocturnos infantiles: qué hacer y la solución del edredón de bambú
El mito de las comidas perfectas y por qué necesitas un babero con mangas